Combatir la drogadicción con fármacos sustitutos
( Publicado en "Avances del Conocimiento",
Lilian Duery, 1996, Editorial Antártica )


Algunos investigadores buscan uno capaz de provocar la conversión total. Pero la mayoría está tras un sustituto menos riesgoso y que el Estado pueda controlar.

En Inglaterra y Estados Unidos se prueba con un opiáceo sintético.

En animales se ensaya con uno bloqueador de los receptores celulares que normalmente controlan el dolor y que condicionan muchas sensaciones placenteras. Su estudio en humanos, ¿será ético?

Los individuos que consumen drogas pueden dividirse en dos grupos. Uno es el de los ocasionales, que al no caer en la adicción pueden (si se lo proponen) desprenderse de la dependencia psíquica y biológica que en la mayoría de los casos ésta produce. El otro, en cambio, desde un comienzo sucumbe en el hábito y para quienes lo conforman es difícil salir de este submundo de angustia y desesperación, ya que los estupefacientes son para ellos una irremediable necesidad para seguir subsistiendo. Según investigaciones recientes, este último grupo pareciera corresponder a una verdadera enfermedad genética que se pondría en evidencia al consumir la droga. Por lo general, no es posible hacer una diferenciación nítida entre uno y otro grupo, dado que muchas veces ambas situaciones se superponen. Sin embargo, el lograrlo sería importante, ya que el pronóstico y el tratamiento serían muy diferentes.

Es muy probable que en los próximos años se llegue a individualizar el gen responsable y a partir de éste desarrollar un test que permitiera detectar a los individuos verdaderamente susceptibles a la adicción a las drogas. Ello permitiría alertar a quienes tengan esta anomalía del alto riesgo que corren si alguna vez llegan a probar algún alcaloide o compuesto narcótico sintético. Los drogadictos tienen pocas opciones de salir del círculo vicioso que los envuelve, ya que todo ello está más allá de su voluntad. La experiencia ha señalado que aun cuando deseen fervientemente abandonar el hábito, y para ello deban someterse a un largo tratamiento (que puede durar semanas, meses o años), la mayor parte de las veces se fracasa. Diversas estadísticas indican que más del 80% de los que son sometidos a terapia recaen antes de que transcurra un año. Aunque no lo quieran, deben continuar una vida miserable, esclavos de la droga y sometidos a los riesgos de morir por una sobredosis o por el uso de drogas impuras o, por último, por contagiarse con el virus del Sida al usar agujas contaminadas.

Mientras tanto, la drogadicción sigue siendo un grave problema social y de salud pública. A pesar de todos los esfuerzos y recursos que se destinan para ponerle atajo, éstos parecen dar magros resultados. En Estados Unidos, donde se ha puesto tanto empeño, en los últimos años no sólo ha aumentado el número de drogadictos en las prisiones, sino también la prostitución femenina (entre un 50 y 70% ) para poder costear la droga.


Se busca el medicamento

El ideal sería encontrar un medicamento que ingerido sólo una vez rompiera esta dependencia y les permitiera a los drogadictos ser de nuevo individuos normales. Esta solución parece un sueño. Sin embargo, un nuevo fármaco recién descrito prometería satisfacer esta necesidad. Se trata de un producto obtenido de un arbusto proveniente de África Occidental denominado "ibogaina" (New Scíentist, oct. 1994). Según experiencias realizadas en Holanda, se reúnen numerosos testimonios de exitosos resultados, aun cuando no se sabe cómo actúa. Empero, no todo parece tan sencillo, porque también se ha relatado que dos adictos han fallecido después de tomar el fármaco. Por otra parte, investigaciones efectuadas en ratas, a las que se les ha administrado la ibogaina, muestran que sufren pérdidas de células nerviosas en ciertas zonas del cerebro.

En todo caso, este nuevo compuesto natural ha llamado la atención y ya en Estados Unidos se han iniciado los ensayos científicamente controlados. Para los investigadores este hallazgo es tan fantástico, que muchos dudan de que sea cierto. Este tipo de búsqueda es uno de los muchos esfuerzos que se están realizando para encontrar la panacea que libere a los enfermos de su negro destino. No obstante, son varios los investigadores que van perdiendo la fe de encontrar algo que permita una conversión tan drástica. Los más, han seguido un camino más pragmático: si no se puede interrumpir de facto el hábito, por lo menos buscar la forma de sacar a los drogadictos de las calles a través de utilizar sustitutos de la droga, que sean menos riesgosos y sobre los cuales el Estado pueda tener cierto control. No hay que olvidar que la mayor parte de la violencia y el crimen relacionado a la drogadicción está condicionado por el ímpetu desesperado del enfermo por tratar de obtener el ansiado estupefaciente.


Ópiaselos sintéticos

Uno de estos sustitutos es un opiáceo sintético llamado "metadona". Este fármaco estimula también los mismos receptores opiáceos de las células nerviosas, sin llegar a producir los síntomas intensos de embriaguez. Es decir, satisfacen la urgencia de la droga y, al mismo tiempo, pareciera ser menos dañino.

Asimismo, el efecto de este sustituto es más durable, lo que también es una ventaja. Por ejemplo, los adictos a la heroína tienen la necesidad de inyectarse la droga tres veces al día, mientras que la metadona se administra por vía oral y una sola vez al día. Por lo menos, los enfermos son menos peligrosos y corren menos riesgos de accidentes por sobredosis o contagios. La idea es que los servicios de salud mantengan un registro actualizado de los drogadictos y les proporcionen sin costo y diariamente la metadona que requieren.

En Inglaterra y Estados Unidos se ha instaurado este programa. Las estadísticas señalan que a lo menos han disminuido notablemente los crímenes y violencias callejeras atribuidas a las drogas. Con todo, esta alternativa no parece ser la solución más óptima. La metadona también produce adicción, en tanto que, por otra parte, no siempre el drogadicto está dispuesto a quedar registrado como tal en los servicios de salud. Este hecho de alguna forma también lo margina de la sociedad. Otras veces los drogadictos no quieren inscribirse en los programas de distribución gratuita de metadona, porque esta droga no genera el mismo grado de embriaguez de la heroína u otro alcaloide derivado del opio. En otras ocasiones lo reciben, pero además ingieren bebidas alcohólicas para acentuar el efecto.

No todas las investigaciones están de acuerdo con este nuevo sustituto. Según John Mark, que se opone al uso de la metadona, afirma que ésta es 19 veces más tóxica que la heroína (Lancet, abril 1994), ya que su sobredosis produciría más accidentes fatales. Por otra parte, hay otros que opinan que si los enfermos mantienen la dosis que les corresponde, no tienen ningún inconveniente. La búsqueda de nuevas soluciones continúa. Uno de los aspectos que actualmente también se estudia está orientado a averiguar una modificación de la metadona, cuyo efecto dure más tiempo. En el presente, para recibir la droga los enfermos deben asistir todos los días a los centros de salud. Si se les entrega la dosis para una semana o quince días, sucede con frecuencia que ellos la venden para comprar la heroína u otra droga. En este sentido, ya se ha hallado un nuevo compuesto, el cual está todavía en etapa experimental y cuyo efecto perdura por 72 horas: el LAAM. Su uso sería más práctico.

Otro fármaco que se está ensayando es el llamado "naltrexona" que, a diferencia de la metadona, parece ser mucho más aceptado por los drogadictos para reemplazar la heroína. Lo más interesante es que no produce adicción. Actualmente hay otros numerosos fármacos que se están ensayando en animales y que actuarían como antagonistas de la heroína. Son sustancias que en un principio actúan como este alcaloide, estimulando los mismos receptores y provocando las mismas sensaciones. Pero, posteriormente, se degradarían en otras sustancias que provocarían efectos antagónicos, bloqueando los receptores celulares de la droga por lo menos durante una semana. Pasará tal vez algún tiempo antes de que este nuevo fármaco se ensaye en humanos.

Algunos se preguntan si es ético emplear compuestos que puedan bloquear receptores celulares por una semana o más tiempo. Cabe señalar que esos receptores opiáceos son los que normalmente controlan el dolor y condicionan otras muchas sensaciones placenteras o por último, regulan la temperatura y el metabolismo del agua a nivel de las células. Quizás su uso podría provocar muchos síntomas que pudieran ser aún más peligrosos que los que se pretende curar. Pero las investigaciones siguen su curso. Tal vez a futuro, si se llega a identificar el gen que produce la adicción, pueda también tener lugar la terapia génica, en la cual se reemplace o contrarreste el gen anómalo. Por ahora habrá que conformarse con la ayuda psiquiátrica, la terapia en comunidades cerradas u otras medidas de apoyo, cuyos resultados afortunados son muy escasos.


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