Anorexia y bulimia: extremos del mal comer
( Publicado en Revista Creces, Julio 1990 )
Comer puede ser un arte o un vicio, pero ante todo es una necesidad vital, fisiológica. Culturalmente moldeada, por supuesto. Y no comer es una forma curiosa de auto agresión. La buena salud esta, como en todo, en ciertos equilibrios ni demasiado ni muy poco. Pero como comer no solo nos mantiene vivo, sino que, manejando la cantidad de alimento ingerida, puede modificar nuestro aspecto físico, ocurren complejos síndromes que involucran la autoestima en relación con la belleza del cuerpo, la culpa y otros elementos. Hoy la delgadez parece estéticamente deseable, y ese deseo puede devenir obsesión: la anorexia nerviosa, frecuente en adolescentes mujeres, es una enfermedad que reviste riesgos no despreciables. Su contraparte, la bulimia nerviosa, es la ingesta descontrolada y culposa de manjares. Ambos trastornos del apetito le hacen un flaco favor a la salud.
Las diferentes conductas alimentarias permiten aportar al organismo los nutrientes necesarios para el crecimiento y desarrollo corporal. Si bien este objetivo -llamémosle biológico- es una de sus finalidades principales, es claro que en el ser humano actos como el comer o el beber resultan particularmente ricos y complejos en sus motivaciones, significados y consecuencias.
Los hábitos de alimentación entonces, no sólo están determinados por los requerimientos estrictamente nutricionales del individuo, sino también, y en forma preponderante, por condiciones sociales y culturales.
Cuerpos esbeltos, obsesión de hoy en día
Durante los últimos 30 años se ha observado un importante (y peligroso) aumento en la ocurrencia de dos trastornos severos de la alimentación, la anorexia y la bulimia nerviosas; ambas tienen causas complejas y probablemente multifactoriales, pero tienen en común que guardan relación estrecha con la valoración sociocultural del adelgazamiento y los actuales hábitos del comer. En efecto, resulta notable apreciar el notable valor otorgado al físico delgado en los países económicamente más desarrollados de Occidente. Ello podría responder en parte a un intento por evitar la obesidad y sus nocivos efectos sobre la salud; sin embargo, es claro que esta tendencia ha sido amplificada por la moda publicitaria, elevando la delgadez corporal a la categoría de un valor cultural ansiosamente buscado por millones de mujeres y hombres. El fenómeno se masifica a través de la televisión, el cine, las revistas de belleza, e irrumpe con fuerza en los países subdesarrollados, inmersos en un verdadero "colonialismo psicológico", reproduciendo el mismo patrón que afecta en un comienzo a los estratos más altos, para ampliarse, en los últimos años, a los estratos medios y bajos.
La preocupación social por un cuerpo delgado trae aparejada la preocupación por las dietas y la reducción de peso. Entre 1960 y 1980 el número de artículos sobre dietas y regímenes para adelgazar se sextuplicó en las revistas femeninas norteamericanas, gran parte de las cuales, editadas en castellano, es ávidamente leída por mujeres y también por hombres en toda Latinoamérica.
Un amplio estudio en la población escolar estadounidense, en 1977, mostró que tres cuartas partes de las estudiantes adolescentes estaban a dieta como forma de controlar su peso. Los centros de estética, gimnasia reductiva y clínicas de reacondicionamiento físico proliferan exitosamente y la industria farmacológica promociona, continuamente, nuevas drogas para el control del apetito. De todo ello resulta que hoy lo normal para los individuos de nuestra sociedad es preocuparse de su peso, y así como el estilo normal de vida requiere de ejercicio periódico, el estilo normal de alimentación incluye dietas o restricciones periódicas.
Explicar por qué la mujer resulta especialmente susceptible a este fenómeno es un problema complejo que excede los alcances de este artículo. Empero, es indiscutible que el sentido de belleza corporal femenina ha cambiado a través de la historia. Baste para ello contemplar los desnudos de Rubens o de Ingres, que exaltan el hábito endomórfico, y compararlas con las actuales imágenes de modelos publicitarios o reinas de belleza, para apreciar la relatividad que subyace al elusivo concepto de belleza.
La esbeltez, por otra parte, ha sido desde siempre un símbolo físico de lo espiritual, de modo que la mujer delgada, aparte de ser vista hoy como más hermosa y sexualmente más atractiva, representa el ideal de salud, de rendimiento, de éxito, del poder y la voluntad que, presumiblemente, se requieren para modelar y mantener un cuerpo como el suyo.
Paradojalmente, junto a la avalancha publicitaria que promociona gimnasias reductivas, dietas, alimentos y bebidas de bajas calorías, el público, especialmente niños y adolescentes, recibe igual cantidad de mensajes respecto de comida concentrada, rica en azúcares y grasas, en circunstancias en que está demostrado que durante las horas pasadas frente al televisor el espectador tiende a consumir más alimentos dulces e hipercalóricos. Estos extremos son una buena analogía del descontrol en la ingestión que se observa en la Anorexia Nerviosa y la Bulimia.
La Anorexia Nerviosa es una enfermedad conocida desde antiguo: sus primeras descripciones clínicas se remontan al siglo XVI. Se caracteriza por un miedo intenso a la obesidad, una distorsión de la imagen corporal, pérdida importante de peso y rechazo a mantenerlo dentro de limites normales. Además, en la mujer se acompaña de amenorrea (pérdida de la menstruación), cuya ocurrencia parece relacionarse con la pérdida crítica de tejido graso, aunque en un grupo que alcanza hasta el 40% de los casos se produce antes de una gran baja de peso.
La enfermedad afecta mayoritariamente a mujeres entre 10 y 30 años con una incidencia máxima en la adolescencia. Los estudios realizados en distintos países muestran tasas de prevalencia que van desde 1 por 800 a 1 por 100 mujeres entre 12 y 18 años. En forma predominante se observa en muchachas de clase media alta, a pesar de que durante las últimas 2 décadas se ha experimentado un notorio aumento en estratos socioeconómicos más bajos. Los hombres afectados alcanzan sólo del 5 al 10% del total de anoréxicos.
Con alta frecuencia las jóvenes anoréxicas han sido "niñas modelo; bien comportadas, limpias, complacientes, de alto rendimiento escolar y temerosas del fracaso". Al llegar a la adolescencia inician dietas estrictas para reducir su peso apoyadas en la idea de estar obesas, convicción que se mantiene aun cuando alcancen niveles extremos de enflaquecimiento. Continuamente preocupadas de su volumen corporal, se observan en el espejo, controlan su silueta y su peso ayudándose de ejercicios intensos, diuréticos, laxantes y vomitivos, especialmente cuando transgreden la dieta vencidas por el hambre, ya que la verdadera falta de apetito sólo ocurre en las fases avanzadas de la enfermedad.
Paradojalmente, estas adolescentes suelen mostrarse interesadas en la preparación de comidas y a menudo cocinan elaborados platos para los demás, manjares que, por cierto, ellas no consumen, desmenuzando su comida en el plato, ocultándola en bolsas por toda la casa, arrojándola a la basura o vomitándola.
Como una forma de evitar el control que -generalmente, en forma inconsistente- la familia ejerce sobre la alimentación, estas jóvenes tienden a aislarse, exigiendo comer solas y encerrándose en sus dormitorios donde practican ejercicios por horas.
Desde el punto de vista psicológico, son adolescentes que muestran grados variables de ansiedad, tristeza o depresión. Muchas de ellas abandonan a sus amigas, a sus grupos de referencia y las actividades más propias de esta etapa de la vida, aislándose cada vez más y centrándose con mayor fuerza en lo que progresivamente se transforma en el motivo principal de su existencia: vencer a su propio cuerpo hasta el extremo de perder su propia vida en ello. La ingestión de alimentos y el enflaquecimiento se convierten en terreno sobre el cual se libra la lucha por la individualidad y una paradójica independencia.
Por lo general el médico es consultado cuando ya se ha producido una pérdida de peso muy importante, y aun en esas condiciones la adolescente suele negar su estado oponiéndose a ingerir alimentos y desintegrándose o rechazando cualquier forma de ayuda terapéutica.
La anorexia nerviosa tiene diversos cursos evolutivos, siendo el más frecuente un episodio único de duración variable del que la persona se recupera totalmente. Puede darse también una forma de varios episodios recurrentes y progresar hasta la muerte por inanición. Los estudios de seguimiento revelan tasas de mortalidad que van del 5 al 18 %. Las causas más frecuentemente involucradas son los severos balances electrolíticos por el abuso de laxantes, diuréticos y vómitos, así como el mayor riesgo de suicidio.
Otro trastorno severo de la alimentación, emparentado con el anterior aunque con síntomas distintos, es la Bulimia Nerviosa. Descrita hace sólo cuatro décadas, consiste en comilonas periódicas, verdaderas orgías de ingestión de alimentos, seguidas de dolor abdominal por repleción e intensos sentimientos de culpa y autorreproche. Predomina también en adolescentes y mujeres jóvenes, y se caracteriza por episodios recurrentes de voracidad en los que la persona ingiere gran cantidad de comida en corto tiempo, teniendo conciencia de lo anormal que es esta manera de alimentarse, pero incapaz de detenerse voluntariamente.
En ocasiones, la comilona es planificada, eligiéndose alimentos de alto contenido calórico y graso, sabor dulce y una consistencia que facilita su ingestión rápida y casi sin masticarlos (helados, mermeladas, tortas, batidos de leche, etc.). Una vez iniciada, se puede ir añadiendo alimentos en medio de una sensación de pérdida de control e incapacidad de parar de comer. La comilona termina habitualmente con dolor abdominal por repleción gástrica, o sueño, y toda la gratificación obtenida por la ingestión troca en ansiedad, autocrítica y sentimientos depresivos. La culpa y la conciencia de anormalidad hace que estas personas busquen la soledad de la noche o los lugares apartados para abandonarse al breve pero intenso placer de la comilona, la misma que luego aumentará su depresión y automenosprecio, llevándolos a provocarse vómitos o abusar de laxantes y diuréticos.
Invariablemente, las personas bulímicas muestran gran preocupación por su peso y hacen repetidos intentos de controlarlos mediante dietas, ejercicio, vómito y uso de laxantes y diuréticos. El peso fluctúa por la alternancia de comilonas y ayunos, de modo que, en los casos graves, la joven siente que su vida gira en torno a los conflictos relacionados con la ingesta de comida.
La excesiva preocupación por la imagen corporal y la apariencia física parece estar relacionada con la atracción sexual y la aceptación de los demás. Es frecuente en estas adolescentes el abuso de alcohol y fármacos, especialmente barbitúricos y anfetaminas, en parte como un intento por controlar el peso, pero también en relación a la ansiedad o al ánimo depresivo.
La bulimia tiene un curso habitualmente crónico e intermitente a lo largo de muchos años, con períodos de ingesta normal o de dietas intercaladas. En general, produce poca incapacidad, salvo en aquellos casos en que la alternancia de comilonas y vómitos pueden llevar a severas complicaciones o muerte súbita por desbalance electrolítico y arritmias cardíacas.
Ambas patologías, brevemente reseñadas en este artículo, responden a tratamientos combinando recuperación nutricional y psicológica. Los mejores resultados obtenidos en la actualidad se asocian con una adecuada psicoterapia que incluye tanto al paciente como a su grupo familiar. El apoyo psicoterapéutico busca reconectar a la joven con los intereses y actividades propias de su edad, su sexualidad y el logro de una independencia real, a la vez que la resolución de otras pautas conflictivas en la familia que, a menudo, son encubiertas por la magnitud de los síntomas. El proceso resulta entonces, en un crecimiento para todos los miembros de ese grupo, dejando de ser la alimentación el centro neurálgico de la comunicación, el afecto, la unión y la identidad familiar.
Dr. Patricio Alvarez Poblete
Psiquiatra
Unidad de Salud Mental Hospital Sótero del Río.