Semejanzas y diferencias entre el hombre y los animales
( Publicado en Revista Creces, Noviembre 1996 )

El papa Juan Pablo ll, en su carta dirigida a la academia pontificia de ciencias, refiriéndose a la teoría de la evolución, manifiesto "que la evolución física del hombre y las otras especies es ya mas que una hipótesis". Sin embargo, en la misma carta deja en claro que la iglesia considera el alma humana como una creación divina inmediata y no sujeta al proceso evolutivo. Señala además que durante los últimos años, una serie de descubrimientos provenientes de diferentes esferas del conocimiento, han llegado a construir un argumento poderoso a favor de esta teoría.

La Teoría de la Evolución de las especies fue por primera vez elaborada por Charles Darwin, y para su planteamiento se basó fundamentalmente en la observación directa de las diferentes especies y sus relaciones entre sí. En los años actuales, la teoría de un origen único de la vida, que partiendo de lo más simple, habría evolucionado a los más complejo, se ha visto muy apoyada con el descubrimiento de la molécula básica de la vida: el ácido desoxirribonucleico (DNA). Es ésta la molécula que, mediante un código ya descifrado, regula y ordena la vida de todos los organismos vivos de la Tierra, desde un virus o una bacteria, pasando también por las células vegetales, hasta llegar a los animales superiores, incluyendo a la especie humana.

El DNA es una larga molécula, y trozos de ellas constituyen los genes. Cada uno de estos genes codifica una proteína, moléculas que son las encargadas de realizar determinadas funciones en el interior de la célula o en ocasiones fuera de ella (hormonas). Las diferentes enzimas que permiten las reacciones bioquímicas en el interior de las células, son también proteínas. También éstas forman parte de la compleja estructura celular.

Para que se sintetice cada proteína, existe un gene especifico que corresponde a un trozo de la molécula de DNA. En una bacteria, que es el organismo más simple, existen cinco mil genes que codifican 5000 proteínas diferentes, y cada una con diferentes funciones en el proceso vital de la bacteria. En el DNA de la célula humana, que es más compleja, existen aproximadamente 80.000 genes que codifican 80.000 proteínas diferentes.

Lo interesante es que las leyes que regulan la vida son, básicamente, las mismas para todas las células de todos los organismos vivos, sean estas bacterias, levaduras o células del tejido humano. Al descifrar las estructuras de los genes dentro de la molécula de DNA, se ha observado coincidencia de muchos de ellos que han persistido como tales en las diferentes especies. En cada una de ellas, estos genes comunes desempeñan iguales o parecidas funciones. Así por ejemplo, las bacterias o levaduras (organismos simples unicelulares) contienen genes que están también presentes (a veces con ligeras modificaciones) en las células humanas. Ello porque la función vital es la misma. Es como comparar un Ford T con un Mercedes último modelo totalmente computarizado. Ambos tienen un motor a explosión, y básicamente los principios de su funcionamiento son los mismos. Igual sucede si se comparan las células de organismos simples con las células de animales superiores. En una y otra, los genes que regulan el proceso vital son también los mismos o muy parecidos.

Habría sido la evolución progresiva a organismos superiores la que va agregando complejidad, codificada por nuevos genes adicionales. Son estos los hallazgos que han permitido concluir que la vida en sus inicios tuvo un origen común, y que, desde entonces y en función del tiempo, ésta ha ido evolucionando desde lo más simple a lo más complejo. Cada paso ha sido el resultado de adaptaciones a nuevas condiciones que han ido permitiendo a las diferentes especies adaptarse o independizarse mejor de su medio ambiente.


Los genes y la herencia

Los genes no sólo regulan el proceso vital de las células vivas, sino también trasmiten la herencia de una generación a otra. Cuando el espermio fecunda al óvulo, se suman los genes que trae uno y otro y nace un nuevo ser, cuyas características van a corresponder a la mayor o menor influencia de genes provenientes ya sea del padre o de la madre.

En los genes están representadas todas las características físicas del nuevo ser: el color del pelo, la forma de la nariz, el color de los ojos, la altura, la constitución corporal, etc. También ahí están potencialmente latentes las diferentes enfermedades que pueden aparecer a lo largo de la vida, según sean las condiciones del medio ambiente. Pero no sólo ello, sino también los comportamientos sociales propios de la especie, que también han evolucionado en función de ella. En forma genérica, ellos corresponden a lo que llamamos "instintos", que en realidad son mandatos genéticos inscritos en nuestros genes y que persisten en las diferentes especies. Es decir, las mismas manifestaciones de los instintos, a través de los genes, han acompañado a la evolución de las especies, y es así como por ejemplo, que en los animales superiores se pueden evidenciar comportamientos sociales muy semejantes a los de los seres humanos. Es decir, los genes no sólo trasmiten la información genética de una generación a otra, sino también influyen en la información que conduce, en mayor o menor grado, a comportamientos sociales de todas la especie. Es por esto que también nuestro comportamiento social está relacionado con el comportamiento social de especies inferiores. En este sentido, existe una herencia individual y una herencia propia y común de la especie.

Es así como muchos de nuestros comportamientos sociales están también presentes en las especies animales que nos han precedido en la evolución biológica. Los estudiosos del comportamiento social de los animales superiores, como por ejemplo el chimpancé, el orangután, el baboom, los lobos, los perros, etc., no dejan de sorprenderse al encontrar muchas similitudes con el comportamiento humano: las estructuras de la familia, los parentescos, la división del trabajo, las estructuras jerárquicas de clases, las actitudes durante el cortejo, el tratamiento diferencial de los diferentes componentes del grupo, los extraños rituales de dominancia y sumisión, así como la competencia y/o colaboración en el reparto de alimentos, o la distribución del espacio vital y la vida en pareja. Estos y otros comportamientos sociales son muy semejantes a los de los seres humanos.

Cada vez los investigadores encuentran mayor información que indica que los comportamientos sociales de las distintas especies están impresos en nuestros genes. Incluso se ha puesto en evidencia más de algún gene o grupo de genes, que condicionan comportamientos sociales. Así por ejemplo, recientemente Jeniffer Brown y colaboradores, comunicaron la individualización de un gene que condiciona el instinto maternal (Cell, vol. 86, pág. 297,1996). Cuando se inactiva este gene, la madre pierde el instinto maternal y no se preocupa de sus crías. Los autores individualizan este gene con la sigla "fosB" y señalan que un gene de estructura muy parecida a él, existe también en la especie humana.


La inteligencia y los instintos

Con todo, debemos reconocer que hay una gran diferencia entre los humanos y el resto de los animales, cual es el desarrollo de la inteligencia. Si bien es cierto que en alguna forma también los animales tienen inteligencia, ya que son capaces de aprender, recordar e incluso tomar decisiones frente a distintas circunstancias, el grado de desarrollo es muy diferente. Así por ejemplo, el grado de desarrollo de la inteligencia de un chimpancé corresponde al de un niño de tres años. Él se queda ahí, pero el niño sigue progresando.

Ello constituye una diferencia muy importante, dado que por contar con una inteligencia muy desarrollada, el ser humano puede controlar el mandato del instinto. Los animales en cambio, en su condiciones naturales, deben obedecerlos ciegamente. El instinto de agresión, el instinto de sumisión, el instinto de dominancia, el instinto sexual, el instinto de territorialidad, o muchos otros instintos que no podemos negar que han sido y son muy útiles en la preservación de las distintas especies, en los animales su expresión no puede controlarse. Ello constituye una importante diferencia de los seres humanos, que tienen la posibilidad de controlarlos, si en determinadas circunstancias su inteligencia así lo aconseja.

No cabe duda que el comportamiento del ser humano depende de muchos factores. Sin embargo cabe señalar que no sólo está influido por el aprendizaje, los cambios históricos o las ideologías, sino también por los instintos presentes en el reservorio genético que pertenece a la especie. No podemos sostener que sean enteramente negativos, porque aún hoy son indispensables para la preservación de la misma. Así por ejemplo, sin el instinto sexual la especie no se reproduciría, o sin el instinto maternal, los hijos estarían sometidos a un serio riesgo dado su indefensión. Tampoco podría estructurarse la sociedad si no existiese el instinto poder, de dominancia o de sumisión.

Es aquí donde la inteligencia juega un rol fundamental, y es por ello que se ha podido ir organizando la sociedad en lo que llamamos "la civilización", que no es otra cosa que la resultante de la organización que nos hemos dado para regular la expresión de estos instintos, y permitir así una mejor convivencia. Si no fuese de esta forma, la expresión sin límite de los mismos se habría agravado por la inteligencia, y habría hecho imposible la convivencia. Es en este sentido que las Tablas de la Ley que recibió Moisés de las manos de Dios, no son sino diez mandamientos que regulan la expresión de los instintos.

En la búsqueda del progreso y la justicia, no debemos olvidar que los instintos están siempre presentes en nosotros, y con frecuencia vemos que estos efectivamente se expresan en comportamientos agresivos, belicosos o egoístas. Son los instintos ancestrales, que expresados masivamente, explican situaciones históricas trágicas, como las de Alemania nazi o las actuales guerras fratricidas en Yugoslavia, o muchas otras situaciones similares de nuestros tiempos o de siempre. Por otra parte, es la expresión de los instintos individuales los que impelen al comportamiento rapaz, la corrupción, la violencia, el crimen y también las injusticias sociales.


La conciencia y el alma

Con todo, si bien es cierto que tenemos estas limitantes, también tenemos que reconocer que hay algo más fundamental que nos separa del resto de las especies animales. Ello es la "conciencia" y el conocimiento de ser uno mismo. Es decir, la capacidad de "conocerse a sí mismo". El animal actúa como un autómata, sin poder nunca llegar a examinarse a sí mismo, sin poseer la "conciencia de ser". Este proceso intangible, es diferente a lo que llamamos inteligencia, y para él no se ha descrito ninguna ubicación en el cerebro.

Sin embargo es una realidad. Puede decirse que es algo mágico o metafísico, y está más allá del conocimiento clásico de la ciencia. La inteligencia reside en el cerebro y puede medirse por diversos tests, y es diferente de un individuo a otro. La conciencia no tiene medición ni ubicación. El hombre puede ser más a menos inteligente, pero no puede dejar de sentirse y analizarse a sí mismo. Probablemente esta es una exteriorización de lo que llamamos "el alma" o el "espíritu". Si es así, esta es la diferencia más fundamental del hombre con respecto al resto de los animales.

Es tan evidente en nosotros la existencia del alma, que en diferentes formas ha sido reconocida hasta en las civilizaciones más primitivas. Desde los antiguos filósofos (Platón, Aristóteles, etc.) hasta ahora, no se ha dejado de reconocer. Todas las religiones aceptan su existencia. A ello también se refiere el Papa Juan Pablo II, al manifestar que el alma humana es una creación divina inmediata y no sujeta al proceso evolutivo.

Más aún, el alma no pertenece a la especie, sino a cada uno de los individuos. Así lo ha señalado Santo Tomás de Aquino, hace ya muchos siglos: "Conmensurata secundum mensura corporis" (cada cuerpo posee un alma a su medida). Ciencia y religión encuentran una vez más un camino que avanza en la misma dirección.



Fernando Mönckeberg Barros


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