Razones biológicas de la individualidad humana, su implicancia social
( Publicado en Revista Creces, Octubre 1991 )

En la tensión entre altruismo e individualismo reside gran parte de los conflictos que aquejan a las sociedades humanas. Este artículo explora en las causas genéticas de la individualidad.

Durante el presente siglo se han producido los más trascendentales cambios en la sociedad humana, la mayor parte de ellos debido al crecimiento explosivo de los conocimientos y de sus aplicaciones tecnológicas. Como consecuencia de ello, hoy día el hombre vive más y mejor, pero al mismo tiempo se han hecho presentes enormes problemas antes no imaginados y que amenazan la convivencia y sobrevivencia humanas: Como consecuencia de los conocimientos nuevos, se ha reducido considerablemente la muerte prematura y ello ha resultado en una increíble explosión demográfica, sobrepasando ya los 5.300 millones de habitantes en el planeta. Por igual razón se ha producido una gran migración hacia las ciudades, que han crecido en forma desmesurada. El perfeccionamiento de las comunicaciones y el incremento de la movilidad de personas y bienes están llevando a la globalidad cultural y económica. Todas son situaciones nuevas, hasta ahora desconocidas, que han convertido a la primitiva sociedad humana en algo muy complejo e interdependiente. No cabe duda de que en la nueva sociedad se han incrementado las desigualdades, las injusticias y la violencia.

Es por ello que el hombre busca nuevas alternativas que permiten superar estos problemas, buscando caminos de menor individualidad y mayor acción solidaria. Ello involucra un cambio en la persona humana, la búsqueda de un hombre nuevo que sea capaz de adaptarse a esta nueva realidad. ¿Será ello posible?. ¿Será posible lograr una sociedad perfecta, en que todos y cada uno, acepten sus roles y en que se sacrifique la individualidad en beneficio del bien común? Llevando las cosas a un extremo, ¿Será posible y deseable que todos los seres humanos convivan tan disciplinada y armónicamente como las abejas o las hormigas?

Para contestar estas preguntas se hace necesario analizar al ser humano desde el punto de vista biológico para de allí deducir su elasticidad y capacidad de cambio para adaptarse a una nueva realidad.


La sociedad perfecta

Aparentemente, la sociedad de las hormigas sería una sociedad perfecta. Aceptemos que así sea y analicemos por qué ello es posible. Todas las hormigas parecen entenderse entre sí y cada una desempeña un rol específico sin que éstos se superpongan, de modo que del trabajo conjunto se deriva una vida armónica para la colonia. En ellas se desdibuja el individuo, para tomar importancia la sociedad como un todo. Se ven incluso altruismos supremos que llevan hasta la muerte individual en beneficio de toda la sociedad. Lo que llama la atención es que las colonias no son pequeñas y tienen por lo general 20 millones de individuos. Recientemente se describió en Japón la existencia de una gran colonia que estaba formada por 360 millones de hormigas trabajadoras y 1.000 reinas, y todas vivían armónicamente, sin pleitos y sin guerras.

Desde el punto de vista biológico, la primera característica que llama la atención es la perfección de sus sistemas de comunicación, en que la información rápidamente alcanza una total cobertura y el mensaje tiene para todas un mismo significado. Para ello, las hormigas producen sustancias químicas para las cuales todas tienen receptores adecuados con los que captar el mismo mensaje.

Llaman también la atención la especialización del trabajo y la perfecta limitación de los roles y responsabilidades de cada una. Por otra parte, todas parecen sentirse tranquilas, porque poseen un perfecto sistema de defensa frente a agresiones externas. Todas ellas están dispuestas también al sacrificio y, en un momento dado, cualquiera de ellas es capaz de adaptar comportamientos increíblemente altruistas, al extremo de no importar la supervivencia del individuo frente a los intereses de la sociedad.

Al igual que las hormigas, las abejas también forman una sociedad que podría llamarse perfecta.

También tienen un sistema de comunicación perfecta a través de feromonas, y un eficiente sistema de defensa de la comunidad frente a cualquier agresor. Una abeja, al picar al agresor, se sacrifica y debe morir, pero junto con eso libera una feromona que estimula la agresividad de toda la colonia que sale a la defensa. Tal vez la característica más importante y que da mayor estabilidad a esta sociedad es la jerarquización de las estructuras, junto a la división del trabajo, con roles perfectamente definidos.

Otra sociedad perfecta se logra en la funcionalidad de un organismo multicelular, como puede ser el organismo de animales superiores o incluso el organismo humano. Las células, que son las unidades básicas, se juntan para formar Organos y tejidos, y cada uno de ellos desempeña funciones muy especificas. También aquí, como en el caso de las hormigas y de las abejas, la perfección depende de la eficiencia de la comunicación, a través de sustancias químicas (hormonas, factores de crecimiento, neurotransmisores, etc.) o por medio de impulsos nerviosos. También la armonía se basa en la diferenciación de roles y funciones que debe desempeñar cada célula, de cada tejido. También en el sistema está presente el altruismo como una demostración del interés de la comunidad por sobre el interés individual. Así, por ejemplo, si al sistema ingresan sustancias tóxicas, las células hepáticas se sacrifican en el esfuerzo por destruirlas. En la defensa de un organismo complejo entra además a jugar su rol otro factor: la policía interna. Se trata del sistema inmunológico, que está en constante vigilancia y cuya acción llega a todas las células de los distintos órganos, impidiendo cualquier desorden y por lo tanto coartando a libertad individual. Con frecuencia, células tratan de salirse del orden establecido, porque algo altera su sistema de información. Sin que haya una lógica, comienzan a dividirse sin tasa ni medida. La policía interna, representada por células inmunológicas drásticas (incluso llamadas "células asesinas"), rápidamente destruye a la célula anacrónica. Si el sistema de policía es sobrepasado, la rápida multiplicación de ellas lleva a la formación de un tumor que manda como emisarios células anacrónicas a otros tejidos, formando metástasis. El resultado final es el caos, la muerte.

Me pregunto por qué los insectos y las células de un organismo logran esta armonía social perfecta, que permite en un caso la preservación de la especie y en el otro el crecimiento y desarrollo de un organismo. Me pregunto también por qué nosotros no podemos alcanzar esa perfección y esa uniformidad de comportamiento. Creo que hay una razón fundamental. Tanto en la colonia de hormigas o abejas como en el organismo animal hay un claro sentido de unidad y de permanencia. Ello se produce en el caso de los insectos porque todos los individuos derivan de uno solo, es decir derivan de una reina fertilizada y todos ellos son iguales.
En el caso del organismo animal también derivan de una sola célula: el huevo fertilizado. Más tarde, en ambos casos, hay un proceso de diferenciación. En el caso de las hormigas, se diferencian en reinas, soldados, obreras y reproductores. En el caso del organismo animal, se diferencian en células hepáticas, cerebrales, pulmonares, esplénicas, etc. Sin embargo, a pesar de esta diferenciación aparente, todas son iguales y mantienen la unidad porque todas posen la misma información genética.

Esta es tal vez la gran diferencia con los seres humanos. Los hombres no son iguales; más aun, cada uno tiene su propia estructura genética y por lo tanto su propia capacidad de decisión. Es ésta la primera y gran imposibilidad de que la sociedad humana alcance la perfección de la sociedad de las hormigas o la perfección de la funcionalidad del organismo animal. En el organismo animal, cada célula posee la información total del organismo y, teóricamente, a partir de una de ellas es posible volver a crear un organismo nuevo y entero.

Necesariamente son unitarias y tienen un perfecto sentido de pertenencia. Ellas, en conjunto, representan un todo porque genéticamente son unitarias. No es posible concebir que en condiciones normales haya comportamiento individualistas. Salvo las células cancerosas, que ya analizábamos.

Las especies animales superiores, y también, el hombre, se caracterizan por su tendencia la individualidad. En la medida en que se avanza en la escala zoológica, ello se hace más evidente. Incluso biológicamente se va perfeccionando un sistema que permite diferenciar lo propio de lo ajeno, y ello tal vez ocurre porque es fundamental para la preservación de las especies más complejas y avanzadas. Los mamíferos y el hombre han llegado a perfeccionar complejos mecanismos individualizantes. Un ejemplo de ello es el sistema inmunológico, cuya función última es distinguir lo propio de lo ajeno para rechazar lo ajeno y proteger lo propio. Ello permite una mejor posibilidad para adaptarse al medio, y para que pueda así sobrevivir el más fuerte. Tal vez un ejemplo claro es el "niño de la burbuja" que nació con un defecto genético que afectaba a este mecanismo individualizante. Hubo que construirle una burbuja para que sobreviviera, pero su destino fue efímero porque falleció apenas tuvo un contacto con el medio ambiente. A su vez, la perfección del sistema inmunológico permite rechazar lo ajeno y es por eso que se rechaza un corazón o un riñón que se quiere implantar. Para que el proceso tenga éxito, hay que impedir la acción de este mecanismo defensivo o destruirlo por medio de la irradiación. Biológica y psicológicamente, cada individuo tiene conciencia de su individualidad. Tal vez por esto parece poco probable que se alcance la meta de "amar al prójimo como a sí mismo". Se puede, sí, amar, pero no se puede llegar a identificarse. Me parece que ésta es la segunda limitante para que la sociedad humana llegue a la perfección de la sociedad de las hormigas o de las abejas.

En resumen, dos elementos aparecen como diferencias fundamentales: cada individuo es diferente a otro, por lo que sus reacciones frente al medio y su percepción de los hechos pueden ser diferentes; y además cada hombre es un ente individual, y si bien para su sobrevivencia se ve en la necesidad de asociarse, no pierde su individualidad.


Presencia de los instintos

Con todo, la diferencia y la individualidad han representado ventajas para los organismos superiores, ya que éstos han podido sobrevivir. Al igual que todos ellos, el hombre tiene la capacidad de aprender y sortear así los obstáculos que en el medio puedan aparecer. Pero aun más, el hombre adquirió la capacidad a discernir y por lo tanto de escoger frente a diversas alternativas. Frente a ellas, ha sido también capaz de adaptarse. Es decir, la especie humana es inteligente por esta capacidad ha logrado adaptar su sistema de convivencia social. A diferencia de las hormigas, ha sido capaz de progresar y vivir más y mejor. Por el contrario la convivencia perfecta de las hormigas no permite cambio y lo probable es que su estabilidad continúe en el tiempo sin mayor expectativa. La convivencia de las hormigas no es atractiva para nosotros, y si las queremos imitar, inevitablemente se fracasa.

Sin embargo hay que reconocer que el proceso de cambio y adaptación no ha sido fácil para la especie humana, porque sus ancestros biológicos están aún presentes en la genética de la especie y siempre están influyendo en su comportamiento social. La libertad humana, de alguna manera, está restringida o entrabada por la presencia de los instintos.

¿Qué son los instintos? Hasta ahora había sido sólo una palabra que utilizábamos para ocultar nuestra ignorancia frente a los comportamientos de los animales y de los hombres. Hoy sabemos que son mandatos genéticos que en un tiempo remoto fueron fundamentales para la preservación de la especie. Es necesario aceptar que el comportamiento humano no sólo está influido por el aprendizaje, la tradición, los cambios históricos, las ideologías, o que se deban al producto de la maquinación de las clases dominantes. Detrás hay también otro factor, cuya importancia no podemos cuantificar y que son los instintos presentes en el reservorio genético que pertenece a la especie. No podemos afirmar que sean negativos, porque aún hoy son indispensables para la preservación de la misma.Por la vía del ejemplo tal vez pueda ser más claro.

Observemos una gata, y vamos a comprobar que en un momento de su desarrollo, y después periódicamente, entra en celo. El mensaje lo captan varios gatos y como consecuencia de ello se llega a la copulación. A esto lo llamamos instinto sexual.

Más tarde, la gata preñada adopta un comportamiento muy especifico, tanto durante el embarazo como durante el alumbramiento. Luego, una vez producido éste, aparece lo que hemos llamado el instinto maternal, que le permite cuidar al débil recién nacido, logrando que éste sobreviva. Este último también adopta comportamientos específicos. Así por ejemplo, demuestra un reflejo de succión y busca el pezón de la madre para alimentarse. Nadie ha enseñado esos comportamientos ni a la gata, ni al gato, ni al gatito, por lo que necesariamente debemos aceptar que estaban programados aun antes de que ellos nacieran, y que se han estado transmitiendo de generación en generación a través del código genético radicado en los genes. Ello es parte del reservorio genético que pertenece a la especie y cuya traducción en un comportamiento llamamos "instinto".

Si imaginamos que por algún error genético algunas de estas informaciones no están presentes en el gato, la gata o el gatito, no se podrán reproducir. Si la gata no tiene la información necesaria para que en ella se despierte el celo, o el gato no tiene la información para captar el mensaje, o si la gata no tiene la información para desarrollar el instinto maternal, o si el gatito no tiene la información del instinto de succión, se interrumpe el proceso de reproducción. Este es el mecanismo por el cual se eliminan los genes erróneos, preservándose aquellos que son útiles tanto para la vida del individuo como para la preservación de la evolución y que condicionan comportamientos actuales.

Con todo, hay diferencias fundamentales entre las especies animales superiores y la especie humana. En los primeros, su comportamiento está regido básicamente por los instintos, con escasa capacidad de aprendizaje y adaptación frente a cambios ambientales. Ellos tienen que obedecer, por ejemplo, a los instintos de agresión, al instinto de sumisión, al instinto de dominancia, al instinto sexual o al instinto de territorialidad, o a muchos otro instintos que se han mantenido como útiles para preservar la especie.

Los seres humanos, en cambio, aun cuando están presentes en ellos muchos de esos instintos, por su inteligencia tienen mucho más elasticidad para variar su comportamiento y sus actitudes. Sin embargo, no podemos negar que los instintos están presentes. En muchos de los comportamientos de los animales nos parece reconocer comportamientos humanos: las estructuras de la familia, los parentescos, los sistemas de comunicación, la división del trabajo, las estructuras jerárquicas de clase, las actitudes durante el cortejo, las rivalidades entre hermanos, el tratamiento diferencial de los diversos miembros del grupo, los extraños rituales de dominancia y sumisión, así como la competencia y la colaboración en el reparto de los alimentos o la distribución del espacio vital, y la vida en pareja. Los estudiosos del comportamiento de animales cómo el chimpancé, el orangután, el babuino, el lobo, el coyote, etc., no dejan de sorprenderse por estas semejanzas. Tal vez en el instinto de territorialidad de los animales está la base de lo que llamamos el derecho de propiedad, que muchos estiman como inherente al ser humano.

En el hombre muchas veces estos instintos se ocultan o aminoran, porque la sociedad así lo exige, y no llegan a traducirse claramente en comportamientos. A veces la sociedad humana puede prohibir o torcer estos instintos, pero siempre estarán presentes en la carga genética de los individuos, y en determinadas circunstancias volverán a traducirse en actitudes y comportamientos. Tal vez por eso hayan fracasado continuamente las tendencias colectivistas y los sistemas sociales que limitan el interés individual.

Ha sido el gran don de la inteligencia lo que en la especie humana ha permitido la convivencia en circunstancias tan diferentes a las del hombre primitivo. La sociedad moderna ha exigido el control de esos instintos, pero no podemos desconocer que están escritos biológicamente en nuestro código genético y muchas veces nos impelen al individualismo, la agresión, la dominación y el comportamiento rapaz.

Larga ha sido la historia de la evolución humana, desde que el hombre por primera vez se irguió en dos piernas hasta los tiempos actuales. En un tiempo remoto solo necesitó la sociedad familiar para ser cazador y recolector. Luego se transformó en sedentario y cultivador, para lo que tuvo que adaptarse para vivir en tribus y super tribus. Ello fue necesario para lograr la eficiencia del sistema económico y para defenderse de sus enemigos. Ya entonces la sociedad exigió la limitación de la expresión libre de los instintos porque así lo exigía la convivencia. Tal vez allí nacieron el concepto de pecado y la necesidad de castigo y repudio a quien transgredía las normas. En este sentido, las Tablas de la Ley entregadas a Moisés, aparte de una aceptación de la divinidad no son otra cosa que normas limitantes para la expresión de los instintos.

El instinto de exploración y búsqueda, que también vemos en los simios, en el hombre fue mucho más eficiente por el desarrollo de su masa encefálica y su inteligencia. Fue así como acumuló conocimientos que le permitieran transformarse en la especie dominante. La sucesión de experiencias y conocimientos fue cambiando y haciendo más complejo su sistema de vida, y en forma continua tuvo que irse adaptando a ello. El proceso, que por mucho tiempo fue lento, lo llevó finalmente a la etapa de explosión de los conocimientos del siglo actual, y nuevas readaptaciones han tenido que sucederse. Como consecuencia de los mismos conocimientos, fue capaz de controlar la adversidad del medio ambiente disminuyendo la muerte prematura, lo que significó el crecimiento exponencial del número de individuos: En la actualidad está entrando en una nueva etapa en que la comunicación se ha perfeccionado hasta lo increíble. Esto, junto a la posibilidad de desplazamiento a lugares más distantes o remotos, ha creado un nuevo escenario en que el total de la población comienza a estar interrelacianado y a ser interdependiente.

Todos estos tremendos cambios, productos de la capacidad individual de búsqueda e investigación han hecho cada vez más compleja a la sociedad humana. Lo increíble es que hasta ahora el hombre ha sido exitoso en su capacidad de adaptación a estos nuevos cambios, pero sigue siendo individualista en su actitud frente a la especie. Si no, no se explicarían las tremendas diferencias creadas dentro de las sociedades, grupos y regiones del mundo. Mientras unos pocos viven en la abundancia, muchos viven en la miseria y la desesperación. Hasta ahora el hombre ha sido capaz de responder como individuo, pero no se visualiza una capacidad de responder como especie humana.

Esto se explica biológicamente porque el tiempo transcurrido ha sido demasiado corto como para permitir que se produzcan cambios adaptativos en la evolución genética. Lo que llamamos civilización representa tal vez sólo segundos en la historia evolutiva del hombre. Aunque muchos lo deseen es poco probable que surja "el hombre nuevo" menos individualista y más solidario. En la búsqueda de la convivencia social tenemos que reconocer esta realidad e incorporarla como un elemento que no podemos olvidar. A veces hemos visto comportamientos solidarios pero estos son transitorios, por ejemplo cuando la sociedad es atacada o por la inminencia de catástrofes que ponen en riesgo la sobrevivencia. Pasado el peligro, renace la individualidad.


El instinto del poder y la dominancia

Como en las especies animales, también está presente en el hombre el instinto del poder y la dominancia. Tal vez sea el más fuerte de todos. Como dice Nietzsche, "siempre que encuentro a un ser vivo, descubro la voluntad de poder". El instinto del poder ha sido fundamental para el desarrollo y la organización de las sociedades animales, y, también de la sociedad humana. La estructura de poder es indispensable en cualquier sociedad, pero también es indispensable su regulación. Cualquier sociedad exige reprimir este instinto que está en cada ser humano. Con el arribo de la civilización, tal vez desde antes, ha tratado de ocultarlo considerándolo como una característica no atractiva, junto con el instinto de la violencia y la agresividad, con los que a menudo se confunde. Sin embargo, a diario se refleja en la búsqueda de bienes y dinero, como también en la búsqueda de estatus y reconocimiento.

La convivencia social exige la regulación del juego del poder para evitar abuso, injusticias extremas e incluso situaciones caóticas. Sin embargo, son numerosas las ocasiones en que la lucha por el poder llega a ser cruenta, pero está casi siempre disfrazada porque la sociedad considera esto como un instinto reprobable. Es frecuente que quien busca el poder no lo diga y, en cambio, afirme que sus esfuerzos van dirigidos a la búsqueda del bien común, a eliminar la injusticia o a proteger a los pobres y desvalidos. Tanto los que desean mantenerse en el poder como los que desean alcanzarlo utilizan los mismos argumentos.

En las sociedades avanzadas y solventes la lucha por el poder está también presente, pero la sociedad ha logrado progresos, al menos para contrarrestar los efectos negativos de injusticias y desigualdades. También ha logrado progresar en los sistemas de transferencia del poder público. En cambio, en las sociedades más pobres y menos desarrolladas la lucha por el poder es más desatada, llegando a ser causa y consecuencia de grandes desigualdades e injusticias. Con frecuencia se unen la descalificación o la agresión, y hasta el crimen. Son también característicos la inflexibilidad y el pensamiento rígido y la adhesión ciega a doctrinas e ideologías que llevan a polarizaciones irreconciliables. Frecuentemente, en la lucha por el poder se llegan a comprometer todas las estructuras de la sociedad. Es así como se distorsionan los roles de las organizaciones sociales, los de trabajadores, profesionales, educadores, educandos, religiosos y militares. En el juego del poder, todas éstas organizaciones esgrimen argumentos aparentemente válidos para justificar esta invasión de roles que no les corresponden. Es así como la confusión de roles producidos por el torbellino de la lucha por el poder pasa a ser una importante causa del deterioro de la convivencia social.


Necesidad de convivencia

Es efectivo qué nuestra convivencia deja mucho que desear y que en los últimos tiempos se ha deteriorado aun más. Ello nos obliga a la meditación, porque la normal convivencia es indispensable para alcanzar el bienestar económico social. Parece una paradoja que aquellas sociedades que más urgentemente requieren armonía social sean precisamente las que tienen más dificultad para alcanzarla.

Debemos buscar la convivencia, aun aceptando al hombre individualista. Pretender cambiarlo es hacernos ilusiones que no se cumplirán. Es indispensable lograr un sistema en que, existiendo intereses individuales, éstos no interfieran con los intereses de la comunidad. Del progreso y eficiencia de la comunidad dependen el bienestar y la seguridad del individuo. A su vez, del esfuerzo e interés del individuo depende el destino de la sociedad. Creo que si se llegara a internalizar este concepto, se lograría la unidad social, y con un sentido de pertenencia a ella, tan necesario para consolidar su unidad.

El hombre, como hemos afirmado, genéticamente es diverso. No hay dos hombres iguales (salvo los gemelos). Son entonces diferentes sus capacidades, sus reacciones, han sido diferentes sus vivencias y es también diferente su nivel de información y conocimiento. Aceptando esta diversidad, todos los individuos merecen respeto al igual que sus ideologías y formas de pensar. Nadie debiera pretender poseer la verdad exclusiva. Lo que no es aceptable es el dogma y el fanatismo. Ellos llevan sí el germen de la destrucción de la convivencia humana.

No basta la aceptación, sino que debe buscarse también la participación de todos los miembros de la comunidad, para lograr así la convivencia y el sentido de unidad. Sobre ello no quiero extenderme.

Finalmente, la sociedad debe regular el ejercicio del poder, para evitar los vicios de su mal uso. Debe evitarse el poder absoluto y el abuso del poder, como también el engaño y la instrumentación de individuos y estructuras como método para alcanzar el poder. Debe regularse también, de modo que el poder se utilice para el bien de la comunidad por sobre el bien del individuo. El ejercicio del poder debe ser una noble oportunidad de servicio y no un acto de sometimiento de los demás.

Necesitamos una convivencia armónica, como un anhelo espiritual y moral de la humanidad y como un mecanismo para alcanzar una vida digna para todos los miembros que componen la sociedad humana. Debiéramos hacer cuanto podamos para alcanzarlo, aunque sabemos que no es fácil, por nuestras limitaciones humanas.



Dr. Fernando Mönckeberg B.






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