La guerra entre antibióticos y bacterias
( Creces, 2018 )

La resistencia bacteriana a los antibióticos no ha dejado de aumentar. No solo el uso indiscriminado de estos fármacos por el hombre sería la gran causa, sino que ahora se ha identificado que su utilización en animales sería más importante que lo estimado.

Desde el comienzo de los tiempos, el ser humano ha convivido con las bacterias. Por su lado, necesita de ellas para vivir (como lo hacen las presentes en el intestino) y, por otro, hay algunas que lo pueden simplemente matar. En esta relación que parece de amor y odio, hay algo que inclinó la balanza hacia el hombre: “la penicilina”. Pero las bacterias contraatacaron y utilizaron su mayor ventaja, el número. Así, aunque en el estado actual de esta guerra no todo está decidido, parece que la ventaja la tienen ellas con su resistencia a los antibióticos. Si el hombre no logra un contraataque letal para el 2050, la mayor causa de muerte en el mundo volverá a ser las enfermedades infecciosas. Por ello los esfuerzos no pueden claudicar.

Las bajas

Si bien se puede mirar tanto el vaso medio vacío como medio lleno, cuando se analizan los resultados de la lucha contra la resistencia de los antibióticos, no se puede negar que hace poco ocurrió algo clave. El compuesto que aún era efectivo contra las bacterias (la colistina), y que era la gran promesa del frente, perdió tanto la batalla como su efectividad.

Aún no todo está perdido, pero el campo de esta guerra es, a lo menos, complejo. Si se considera que el cuerpo humano tiene unos 30 billones de células y otros 40 billones de bacterias, aquí el número sí importa. Pero también se vuelve vital el que las bacterias están cambiando constantemente. “Son miles de millones de mutaciones, la mayoría de las cuales no les favorecen, pero algunas sí”, explica Miguel O´Ryan, académico del Programa de Microbiología del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

Enfrentadas a un antibiótico, las bacterias tienen distintas formas de defenderse o, más bien, la naturaleza les dio diferentes mecanismos para asegurar su sobrevivencia.

En términos simple, uno de ellos son enzimas capaces de destruir el antibiótico, describe César Bustos, académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes. También las bacterias están capacitadas para alterar sus paredes para que nada entre o, incluso cambian su permeabilidad con el fin de dejar entrar algo que después expulsarán. ’’Generalmente una bacteria no acumula mecanismos, pero uno solo le basta para hacerse resistente a toda una familia de antibióticos”, dice el experto. Por eso la lucha es desigual.

Buscando nuevas armas

Los antibióticos, por su parte, están hechos para evadir alguno de esos mecanismos, hasta que las bacterias resuelven como evadirlos. Aunque realmente no hay una verdadera estrategia detrás, básicamente al matar a todas las bacterias débiles, se está seleccionando a las que resisten. Es la cantidad de bacterias sumado a la cantidad de modificaciones que estas pueden sufrir lo que les da la superioridad.

A ello se suma una ventaja externa, la capacidad de reacción de la investigación en antibióticos. “Desde que se comienza a desarrollar una molécula antimicrobiana y se logra comercializar un antibiótico, pueden llegar a pasar 15 años”, dice Bustos. Entremedio, muchas pruebas quedan en el camino, a lo que se suma que la industria farmacéutica ha trasladado parte de sus esfuerzos a la producción de otro tipo de fármacos

Y hay más. Si bien hoy se trata de potenciar a los antibióticos con modificaciones químicas, estas siguen sin ser suficientes, dice Nicolás Villagra, investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad Andrés Bello. “Si bien el tiempo es variable según la bacteria, la resistencia puede incluso demorar unos pocos años en aparecer, agrega. Una fracción del tiempo que se necesita para generar un nuevo compuesto.

Si bien hoy se están probando nuevas fuentes de compuestos para fabricar antibióticos (muchos de origen vegetal), esta línea de investigación no es lo suficientemente rápida. “Incluso hemos descubierto que, si cambiamos la fuente de carbono de las bacterias, y las hacemos crecer en otro sustrato en vez de glucosa, ellas se vuelven más sensibles a algunos antibióticos a los que eran originalmente resistentes. Pero este tipo de trabajo aún son muy pequeños y aislados, agrega Nicolás Villagra.

Tampoco se puede soñar con llegar a crear un super antibiótico, porque si bien hipotéticamente podría matar a todas las bacterias (independiente­mente de su mecanismo de resistencia) también arrasaría con los microorganismos buenos para el cuerpo”. “Es lo mismo que pensar en una cura única para el cáncer, eso no puede existir porque hay muchos factores involucrados en cada tipo de enfermedad”, asegura O Ryan.

Por esto el problema es global. No importa el nivel de desarrollo de los países, esta guerra toca a todos los seres humanos del planeta. En una de los últimos congresos del área, realizado en Austria en abril del 2017, el tema que más acaparó ponencias fue la resistencia a los antibióticos, cuenta Villagra.

Hoy el mayor problema son las infecciones intrahospitalarias, donde los pacientes no solo consumen altas dosis de antibióticos y por periodos prolongados, sino que también están débiles. “Un ambiente donde, además, las bacterias resistentes están muy presentes y pueden ser trasmitidas de persona a persona y de ambiente a personas por igual“, agrega O'Ryan.

El Factor animal

En septiembre de 2012, la asamblea general de Naciones Unidas reconoció que el uso inapropiado de los antibióticos en animales ha ayudado a aumentar la resistencia de las bacterias a estos fármacos.

El gran problema aquí es que los antibióticos no solo se usan para prevenir infecciones en el ganado o los peces, sino que también se los usa para acelerar su crecimiento. El resultado de esto es que hoy se utiliza a nivel mundial, tres veces más antibióticos en animales que en los seres humanos. Y ese uso seguirá en aumento, totalizando entre 2013 y 2030, un 53% de alza.

“Este aumento del uso de antibióticos, principalmente para sustituir una buena nutrición e higiene en el ganado, es simplemente insostenible y será desvastador para los esfuerzos actuales de conservar su eficiencia. Ya estamos enfrentando una crisis, pero seguir usando antibióticos que curar enfermedades en humanos para el crecimiento acelerado del ganado, es como “echar combustible al fuego”, dice Ramanan Laxminarayan, director del Centro de Dinámica, Economía y Política de Enfermedades (CDDEP) y autor de un trabajo sobre el tema en la última edición de la revista Science.

“Cuando les das antibióticos a los animales, sus deposiciones llegan a los ríos o fuentes de agua y, finalmente pueden ser consumidos por los seres humanos “, dice Villagra. Así las bacterias que se vuelven resistentes a los antibióticos en los animales también pueden llegar a los seres humanos.

“Aquí es relevante el concepto de one health, donde la salud no solo depende de las personas, sino también del ambiente”, agrega O´Ryan.

El trabajo publicado en Science, que reunió a los científicos del CDDEP, la Universidad de Princeton, el ETH Zurich, la Universidad Libre de Bruselas y la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura (FAO), asegura que solo con tres medidas se puede reducir la utilización de antibióticos en animales hasta en 80% para 2030. Solo las regulaciones que limiten su uso podrían ser responsables del 64% de dicha reducción, a lo que se sumaría la disminución del consumo de carne a nivel mundial y un modesto impuesto a los antibióticos de uso veterinario.

Pero el uso animal no es el único frente a atacar. El consumo indiscriminado de antibióticos por parte de las personas (cuando muchas veces no los necesitan) y la sobre prescripción de estos fármacos por parte de los médicos son casi tan importantes como el factor animal de esta ecuación.

Aunque no existen estudios claros que demuestren que las bacterias están adquiriendo resistencia con mayor velocidad, si se ha detectado que “los elementos que adquieren genes de resistencia si se han diseminado con mayor rapidez entre las bacterias”, dice Nicolás Villagra.

Aún así, si se toman las acciones la guerra aún no está perdida.



Lorena Guzmán
El Mercurio


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