¿Somos los únicos en el universo?
( Publicado en Revista Creces, Diciembre 1998 )

La gran pregunta de todos los tiempos es si somos o no los únicos habitantes del universo. Si la vida es parte de todo un proceso evolutivo, lo probable es que también se haya dado vida inteligente en otros lugares, siempre y cuando existan planetas que sean viables. Sin embargo, estos aun no se han descubierto.

Cuando los astrónomos hablan de tremendas distancias, que hay que medirlas en miles de millones de años luz; o cuando afirman que hay miles y miles de millones de galaxias, cada una con miles de millones de soles como el nuestro; o que incluso existen otros universos, no podemos dejar de sentirnos empequeñecidos o hasta deprimidos. Sin embargo, frente a esa inmensidad que nos aplasta, hay también otra realidad que nos permite valorarnos mejor a nosotros mismos. Frente a la realidad de lo inanimado, hasta donde hoy sabemos, somos los únicos seres vivos inteligentes y con espíritu y tal vez lo que es más importante es que por nuestra inteligencia, y más allá de nuestros sentidos, hemos sido capaces de llegar a desentrañar el corazón de los átomos, a despejar los misterios moleculares de la vida y a vislumbrar los límites del espacio y del tiempo, todo lo cual nos coloca sobre lo inanimado. Es cierto que no nos debemos a nosotros mismos, y que aparentemente somos el producto de una continuidad que ha ido desde lo inanimado, pasando por el proceso vital más simple, hasta llegar a lo más complejo, "la especie humana". Somos seres inteligentes y pensantes, con libertad para tomar decisiones, capaces de aprender y escudriñar a nuestro alrededor. Si todo ha obedecido a la Creación y Ordenación de un Ser superior, indudablemente que nosotros somos su obra cumbre.

Lo que no hemos podido averiguar es si en realidad somos los únicos privilegiados, o si otros han tenido la misma o mayor evolución en alguna ubicación en el espacio. Por lo menos sabemos que en ningún otro planeta u otra luna dentro de nuestro sistema solar, se han dado las condiciones para el desarrollo de una vida compleja pensante. Pero no sabemos qué ha sucedido más allá. Muchos cuentan historias de platillos voladores, pero después de décadas de observación, parecen extrañamente elusivos, sin evidencias convincentes de su existencia. Hoy como ayer, estamos en la más absoluta ignorancia de lo que puede haber más allá.

Cuesta aceptar que seamos los únicos. Sólo en nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay 20 mil millones de soles como el nuestro, y se ha calculado que en el Universo, hay cien mil millones de galaxias. ¿Cómo no va a existir otro lugar en el que se hayan dado las mismas condiciones que en el nuestro?. Si la vida es la resultante natural de la evolución estelar, lo más probable es que en esta inmensidad debieran existir muchos otros mundos iguales.

Esta especulación es tan vieja como la filosofía. En el siglo IV Antes de Cristo, Epicurus escribió: "Hay una infinita cantidad de mundos como el nuestro o diferentes al nuestro". Pero Platón a su vez afirmó: "Ha sido creado un sólo mundo y un sólo cielo". El debate ha continuado y a veces muy candente. El místico italiano Giordano Bruno, en el año 1.600, fue quemado en la hoguera por afirmar que había un universo infinito, lleno de planetas inhabitados. Desde entonces hasta ahora, el problema sigue sin resolverse.

Hasta el año 1.600, los planetas de nuestro propio sistema solar aparecían sólo como otros puntos de luz en el cielo, como tantas otras estrellas, pero que se desplazaban. Ahora ya tenemos una visión más realista de ellos, pero ha sido recién, en los últimos cinco años, que los astrónomos han comenzado a detectar la existencia de planetas alrededor de otras estrellas lejanas, lo que nuevamente ha despertado el interés por saber si la existencia de planetas es o no la regla en el Universo. Si así fuera, se abrigaría la esperanza de que en algunos se diera la posibilidad que exista vida.


Búsqueda de vida inteligente

Si la vida primitiva pudo haberse desarrollado en algún otro lugar, era lógico pensar que también pudo haber evolucionado hasta la vida inteligente. Con el nacimiento de la radioastronomía, después de la Segunda Guerra Mundial, se pensó que podría haber una forma de comunicarse con otros habitantes del espacio que tuviesen igual conocimiento. Con ese objetivo se desarrolló el proyecto Ozma (nombre ficticio de la princesa de la ciudad Esmeralda de Oz), cuya intencionalidad era recibir mensajes provenientes de otros sistemas solares de nuestra galaxia o aún de más lejos. El proyecto fue liderado por Frank Drake, que en la actualidad se encuentra en la Universidad de California, quien pensaba que habiendo vida inteligente, podían también ellos emitir mensajes.

Drake expresó la posibilidad de que hubiese vida inteligente y que estuviesen pretendiendo comunicarse, en una fórmula teórica que ha pasado a llamarse la ecuación de Drake. De acuerdo a ella, el número de posibles civilizaciones que existirían en nuestra galaxia sería la resultante de los siguientes factores:

N = R* X Fp X Ne X Fi X Fc X L

En esta ecuación, bastante teórica, R*, es la velocidad con que se forman las estrellas. Fp, es la relación de estrellas, como el Sol, que tienen sistemas planetarios. Ne, es el número de planetas en cada sistema solar que tienen condiciones habitables. Fi, es la fracción de estos planetas en que ha evolucionado la vida inteligente. Fc, es la fracción de vida inteligente que ha llegado a la etapa de poderse comunicar por radio y L, es el tiempo de vida de una civilización, es decir, el número de años hasta que pierdan interés por comunicarse; o que hayan explotado; o que se hayan extinguido en otra forma.

Esta ecuación marca una agenda para saber qué cosas tendrían que darse y conocerse para llegar a calcular las posibilidades de vidas inteligentes extraterrestres en nuestra galaxia. Así por ejemplo, el primer término, R*, ritmo de la formación de estrellas, puede llegarse a determinar calculando la edad de una muestra de estrellas en la Vía Láctea. Eso ya se ha hecho, y la respuesta es que se están formando entre una y diez estrellas por año. De allí en adelante hay un desconocimiento total de los términos de la ecuación. La verdad es que ella por ahora sólo sirve para situarnos en una realidad. Las estrellas tendrían que tener planetas girando a su alrededor, y éstos deberían estar ubicados a una distancia tal de la estrella, de modo que la temperatura de su superficie permitiera la existencia de agua líquida, sin la cual no puede surgir la vida (El agua, fuente de vida). Si ésta surge, porque se dan estas y otras condiciones, ella tendría que evolucionar de lo más simple a lo más complejo, hasta la etapa inteligente capaz de adquirir el conocimiento necesario como para comunicarse.


La existencia de planetas

El segundo requisito de la ecuación de Drake es la existencia de planetas. Obviamente, en las estrellas (como nuestro Sol) no puede haber vida, por lo que para que ésta exista, debieran también existir planetas, que orbitando a una distancia apropiada, permitieran el desarrollo de la misma. En nuestro sistema solar, ello se ha dado sólo en el planeta Tierra. Es también posible que se hubiera dado (al menos en forma primitiva) en el planeta Marte. Por ello han resultado tan interesantes los hallazgos de posibles restos fósiles de bacterias en un meteorito caído en la Antártica (Las posibilidades de vida en el planeta Marte). Sin embargo, muchos niegan que los restos fósiles correspondan efectivamente a los de bacterias. Los grandes planetas que están más alejados, como Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, están constituidos especialmente por gas helio e hidrógeno, sin una costra rocosa que le proporcione una superficie sólida, lo que hace imposible en ellos la vida. Sin embargo, Júpiter que tiene varias lunas propias, al menos una de ellas (Europa), parece que en su superficie está cubierta por una capa de hielo, debajo de la cual habría agua líquida (Hay agua en Europa. Luna de Jupiter). Tal vez allí podría existir una vida primitiva. Si ello fuera así, avalaría la hipótesis de que la vida surgiría como un proceso evolutivo espontáneo, y que si allí ha surgido, también podría haberlo hecho en otras partes e incluso podría haber evolucionado a etapas más avanzadas.

El punto clave es averiguar si la existencia de planetas es sólo un hecho de nuestro sistema solar, o si por el contrario, muchos otros soles tienen también planetas. Es decir, si la existencia de planetas es una excepción o es un fenómeno general para los miles de millones de estrellas del Universo. Desgraciadamente, si existen orbitando otros soles, no los podemos ver, ya sea por la distancia o por el hecho de que no emiten luz como una estrella ya que ésta los obscurece.

El 6 de Octubre de 1995, por primera vez los astrónomos Michel Mayor y Didier Queloz, de la Universidad de Ginebra, anunciaron que con un nuevo espectrómetro del telescopio del observatorio de la Universidad, habían detectado un planeta, del tamaño de Júpiter, orbitando alrededor de una estrella. Unos pocos meses después, usando una tecnología similar, otros astrónomos también anunciaban la existencia de otros seis satélites (también del tamaño de Júpiter), que orbitaban alrededor de sus respectivos soles.

No es que los astrónomos hayan visto estos satélites, sino que ellos han sido detectados por métodos indirectos. Su existencia se ha deducido por la observación de movimientos de la estrella, condicionados por la tracción que ejerce el gran satélite sobre ella cada vez que la orbita. Para entender el proceso se requiere de una explicación previa. La espectroscopia Doppler es el método que se utiliza para medir la velocidad con que se acerca o se aleja un objeto que emita radiaciones (por ejemplo una estrella). Es el mismo método que utiliza la policía para detectar la velocidad de un vehículo en una carretera. La pistola del policía dispara una señal radial de una longitud de onda conocida, la que rebota en el auto que se acerca y vuelve al receptor del policía en una onda más corta, cuya longitud está en proporción a la velocidad del vehículo que se acerca.

En principio, la técnica astronómica que se usa para medir la velocidad de las estrellas, es virtualmente similar. En el caso de la policía, su instrumento emite una onda radial. En el caso de la estrella, lo que se analiza es su espectro de luz, descomponiéndolo por medio de un espectrómetro adosado a un telescopio. En el espectro se observa una onda oscura, que se desplaza hacia un extremo u otro, según la estrella se acerque o se aleje. Ahora bien, si un planeta pasa entre la estrella y la Tierra, este tracciona la estrella hacia la Tierra y de este modo se acorta la longitud de onda que sale de ella en proporción a la velocidad en que se desplaza la estrella hacia la Tierra. En este caso, la línea oscura de absorción del espectro, se desplaza hacia el azul, lo que es análogo a la señal de radar del policía, que se acorta con relación a la velocidad del auto que se acerca en la carretera. Cuando el mismo planeta gira en su órbita, por detrás de la estrella, vuelve a traccionarla alejándola de la Tierra y la longitud de onda que ésta emite, se alarga. Con ello la absorción obscura cambia hacia el rojo del espectro.

Así, el astrónomo para detectar estas variaciones, debe estar atento a los cambios cíclicos de la posición de la banda oscura en el espectro de la estrella. Los cambios de velocidad detectados en estas estrellas son de aproximadamente diez metros por segundo, que es como la velocidad a que corre nuestro velocista Keitel. Esta velocidad depende de la periodicidad a la que el satélite orbite alrededor de la estrella. Si su órbita es muy amplia, la velocidad es menor, porque menor es la atracción. Si su órbita es muy cercana a la estrella, su velocidad es mayor. Para que se produzca esta atracción, hay que aceptar que estos planetas tendrían una órbita elíptica alrededor de la estrella.

Con esta técnica sólo se pueden detectar satélites grandes (del tamaño de Júpiter o más) y que orbiten a una distancia muy cercana a la estrella. Es así como los satélites que se han detectado son grandes y orbitan a una distancia de siete millones de kilómetros de la estrella, lo que es extremadamente cerca de ella y por lo tanto su movimiento es más rápido (por ejemplo, órbitas que demoran 4.2 días). Para comparar estas distancias orbitales, basta señalar que Mercurio, que es el planeta más cercano al Sol en nuestro sistema solar, está a una distancia de 50 millones de kilómetros. Es decir, los satélites detectados hasta ahora son muy diferentes a los satélites de nuestro sistema solar, ya que se encuentran muy cerca de su respectiva estrella. Ello significa que son muy calientes y por lo tanto en ellos no puede existir vida. Desde luego son más calientes que Venus, que está más lejos y sin embargo, la temperatura de su superficie alcanza los 860 grados Fahrenheit. Para que en ellos existiera vida, deberían estar más distantes y al mismo tiempo tener una superficie rocosa, como es el caso de la Tierra. Desgraciadamente, nunca la tecnología de espectroscopia Doppler va a ser capaz de detectar movimientos pequeños provocados por un satélite del tamaño y distancia orbital de la Tierra. Para llegar a saber si estos satélites como la Tierra realmente existen, tendremos que esperar el desarrollo de nuevas técnicas más sensibles. Tal vez con el tiempo se llegue a construir telescopios tan poderosos que permitan detectar directamente esos satélites más pequeños y distantes de las estrellas, que fueran parecidos a nuestra Tierra. Pero aun si ello sucediera, tendríamos que resignarnos a verlos sólo como un punto en el Universo.

Pero un telescopio en la Tierra no es la única posibilidad. NASA está planeando colocar varios telescopios juntos en el espacio, amplificando así su imagen a través de la técnica que se ha denominado interferometría. Esto permitiría eliminar la brillantez de la estrella y pesquisar a una alta resolución sólo la luz del planeta. Pero aun así, por la distancia, no podríamos ver detalles.


Las visitas no son posibles

También tendríamos que desechar posibles viajes interestelares por no ser factibles. Aún, si la humanidad pudiera enfrentar este enorme desafío técnico y sus costos económicos, el viaje a una estrella tomaría cientos de miles de años. Cuando volvieran con la primera fotografía, probablemente ya nadie se interesaría, o tal vez la civilización ya no exista.

Tampoco parece posible la visita de seres extraterrestres. Si nosotros tenemos dificultades para visitarlos a ellos, ellos tienen las mismas dificultades para visitarnos a nosotros. Ningún investigador serio cree que esas visitas o contactos obedezcan a una realidad.

Otra posibilidad es que posibles contactos se establecieran por ondas de radio. Las ondas de radio pueden viajar a la velocidad de la luz, que es la mayor velocidad que se puede alcanzar. Sin embargo, más que una conversación sería un monólogo, ya que el tiempo que demoraría la luz para llegar a alguna estrella por lo menos sería de varios siglos. Habría que esperar otros varios siglos para que contesten. El programa SETI (Search for Extra-Terrestrial Inteligence) sólo espera poder captar algún mensaje que debería haber sido enviado varios siglos atrás. No es raro que muchos que tratan de escuchar, después de un tiempo se aburran.

Todo parece indicar que la duda de que existan o no otros seres inteligentes en el Universo continuará por siempre sin descifrarse. La discusión continuará, más como una discusión teológica que científica, porque el Universo nos queda demasiado grande. Con todo, es probable que en el futuro se lleguen a descubrir otros satélites más parecidos a la Tierra, en los que orbitando otros soles, se pudiera haber desarrollado la vida inteligente. Pero nuestra curiosidad nunca podrá ser satisfecha, ya que no podremos comprobar su existencia.


Artículo extractado y modificado, de: Planetary Prospecting. Laurence Marschall. (The Science, Julio-Agosto 1998, pág.47).


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